Una tabla en medio de la guerra

Ali tenía once años cuando su vida cambió para siempre. Vivía en Alepo, una ciudad que un día estuvo llena de mercados, gritos alegres y olor a pan recién hecho... hasta que la guerra convirtió las cales en polvo. Una mañana, después de una explosión cercana, su familia decidió huir.

Llegaron a un campo de refugiados en el Líbano con lo puesto. Para Ali, aquello era un desierto sin rincones propios, tiendas de campaña, colas para conseguir agua y esa sensación de no tener un lugar seguro al que volver. Él, que soñaba con ser piloto, apenas podía dormir.

Un día, mientras caminaba cerca de la costa libanesa, vio el mar por primera vez en su vida. Nunca había imaginado algo tan grande. El agua le daba miedo y respeto, pero también una calma que no recordaba hacía años. Se obsesionó con él. Lo miraba, lo escuchaba, se quedaba quieto solo para sentir que el mundo podía ser silencioso otra vez.

Fue entonces cuando se le ocurrió algo que nadie esperaba, construirse una tabla de surf. En el campo recogió trozos de espuma, plástico y cartón endurecido. Con paciencia, fue dándole forma.  No era bonita, ni perfecta, ni segura... pero era su tabla.

El día que la probó, todos se acercaron. Ali entró despacio en el agua. Se subió. Y por primera vez en mucho tiempo, no se hundió. Se mantuvo a flote. Flotó entre las olas como si todo lo que había perdido no pesara tanto. Los niños que al principio se reían de él acabaron pidiéndole que les enseñara.

Esa tabla improvisada no resolvió la guerra ni le devolvió su casa, pero le recordó algo que creía haber olvidado, que también tenía derecho a soñar. A veces, resistir es simplemente encontrar un rincón del mundo donde volver a respirar.

Ali, el sirio que encontró refugio en las olas de Líbano


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